Me quedo con la sonrisa de satisfacción y orgullo de su marido.
La anfitriona demostró ser una persona especial. Lo preparó todo con exquisita finura, sensibilidad y horas de dedicación, seguramente muy disfrutadas pero no menos complicadas de llevar a cabo. Todo tenía su por qué y su relación bien pensada.

Los dos pequeñajos (faltó una participante) realizaron su particular yincana literaria con gran velocidad, destreza y entusiasmo, alcanzando el objetivo final en pocos minutos. El diploma ya cuelga, aún sin el marco que sin duda se merece, en la pared del dormitorio. Y un poema de Gloria Fuertes de la manivela de su puerta; mucho más educativo que un habitual y anglosajón "
Do not disturb". Y el premio lo mismo gira de punta que de coronilla.
Los mayores no les llegamos ni a altura del zapato: idas y venidas sin orden ni concierto, gritos, voces, achuchones..., ni los equipos quedaron bien delimitados, ni se respetaron los recorridos previstos. Todos participamos, todos ganamos. La improvisación y el desconcierto también tienen su encanto.
Mucho mejor la hora de la sobremesa literaria. Bastante participación, textos variados, emoción y temblor en las voces, sensibilidad, historia, gastronomía, humor, aplausos. Algo diferente y entretenido que nos hizo recordar que más allá de nuestras tumultuosas comilonas y nuestras etílicas costumbres nos gusta leer y compartir.
La asamblea de miembros (sólo de miembros), la elección de presidente, las agresivas campañas electorales y la cruel lucha por obtener el poder, el vino, las migas, los boquerones y los pimientos, los piononos, la torta real, el fuego y el frío pusieron el ambiente.
Bravo por la anfitriona: ¡un diez! Lo dice todo la mirada de su marido; otro diez.